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Vivimos en un mundo regido por una sociedad anclada en una extraña moral, basada en el principio de que Dios es muy bueno y misericordioso y, por muy pecador que yo haya sido, Él se apiadará de mi alma cuando yo fallezca y me llevará a Su Seno. Esto es fruto de una mala predicación de un Evangelio que en nada se parece al que nos dejó Cristo. Como ya he comentado en artículos anteriores, la sociedad ya no tiene el referente de Dios, pues está dominada por otros dioses, tales como el dinero y el poder. El temor de Dios ha desaparecido y, por consiguiente, todo lo que suene a arrepentimiento y a la negación de uno mismo, "huele" a secta en los oídos de los que navegan en aguas turbulentas, que para ellos son pacíficas y seguras. Pues bien, el Evangelio es claro, no tenemos nada más que abrir nuestra Biblia y leer lo que quiere Cristo de nosotros. La predicación de su Palabra es cada día, para un mayor número de personas en todo el mundo, la Noticia que estaban esperando, esa Buena Nueva de la que nos habla Cristo; cada vez un mayor número de personas meditan y aceptan el Sacrificio de Cristo y lo hacen presente en sus vidas, cambiando radicalmente la forma de ver la sociedad en la que viven, viéndola ahora con los ojos del Espíritu, sintiendo una gran pena por sus amigos y familiares que no se dan cuenta del peligro en el que se encuentran. Pero es ahora, si hemos aceptado a Cristo en nuestro corazón y reina en él, cuando podemos hacer algo para intentar cambiar, en la medida de lo posible, la sociedad en la que vivimos. Tenemos arma importante, la oración al Padre a través de Cristo, el único Mediador, para que sea Él el que se apiade de sus almas y algún día puedan conocer la Gracia y Misericordia que tiene reservada para los que se entregan sin reservas a Él. "De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará" (Juan 16.23). Además del poder de la oración, el Señor nos ha dado la Potestad de predicar Su Evangelio al mundo, con todo poder: "Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado." (Marcos 16.15-16). El ya sabe los que aceptarán su Palabra, pues nos conoce desde el principio de la Creación (Efesios 1.4). Nosotros debemos ir en la confianza de que los que son de Él aceptarán El Evangelio y los que no, lo desecharán: "Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye." (1ª de Juan 4.4-6). La manifestación de este gran poder la tendremos por lo siguiente: "Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán." (Marcos 16.17-18). Aquí el Señor nos recuerda que tenemos una serie de Dones Espirituales, puestos a nuestra disposición para ser usados, preparados para dar Gloria a Dios. Los podemos encontrar descritos en el capítulo 12 de la 1ª carta de Pablo a los Corintios. No quiero entrar en este artículo en analizar cada uno de los dones, sino meditar una de las manifestaciones del poder de Dios que han sido descritas en el anterior pasaje: "tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño". En apariencia parece extraño que el Señor, al referirse a los dones espirituales, haga referencia a la posibilidad de ser envenenados. Como siempre, viéndolo desde una perspectiva espiritual, este envenenamiento tiene su significado para los que andamos en el Camino. El Señor hace referencia en muchas ocasiones a una serpiente, para nombrar a Satanás. Por ejemplo: "Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él." (Apocalipsis 12.9). Tomar una serpiente, se refiere a estar cara a cara con él y no ser vencido. Respecto a la bebida de cosa mortífera, como en el supuesto anterior, hay que tomarlo en el mismo sentido; tomar algo, es decir, beber, es escuchar y meditar lo que alguien nos diga. El adjetivo "mortífera", es cuando esa doctrina no es del Señor, es decir, que es claramente una doctrina de hombres, que para nada nos acercan a Dios. Pero, ¿cómo podemos caer en ese envenenamiento espiritual?. La respuesta la tenemos en los versículos que antes hemos referido: "Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.". En la predicación de la Palabra ya sabemos que no puede ser un monólogo, donde nosotros seamos los únicos que hablamos, puesto que debe existir una conversación. Fruto de ésta, es donde nos entra la "bebida", pues la otra persona tiene unas doctrinas en su mente, que son fruto de su forma particular de entender a Dios. Si nosotros no conocemos su doctrina personal, no sabremos dónde "atacar" con la Espada de la Palabra. Esto mismo ya lo hace el Señor cuando habló con la Samaritana: "Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber." (Juan 4.7). Si no tuviéramos la protección del Señor, esta bebida espiritual nos dañaría y si la aceptáramos en nuestro corazón, ciertamente podría ser causa de nuestra muerte espiritual. En el mismo caso nos encontramos respecto de las serpientes, que no son sino las huestes de Satanás, pues como dice el Señor: "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes." (Efesios 6.12). En la predicación existe una lucha espiritual que se celebra en un plano distinto al carnal dónde nosotros hablamos. Es el Señor, que habita en nuestro espíritu, el Espíritu de Verdad, el que está celebrando una batalla encarnizada con las potestades espirituales de la persona que está escuchando la Palabra. Nosotros somos simples instrumentos del Señor para poder llevar Su Evangelio al mundo, esta sanidad de la que todos hemos necesitado. Pero debemos tener presente que hablar de Dios a otra persona que no le conoce, no es mantener una simple conversación como cualquier otra, no, no es una conversación inocente. Nos enfrentamos con potestades espirituales de Satanás, que están dispuestas para defenderse y hacernos un importante daño, e incluso llevarnos a la muerte espiritual, si pudieran. Nuestro Señor ya nos avisa sobre el poder del Demonio: "Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos." (Lucas 10.17-20). No debemos, como bien dice el Señor, estar contentos porque sujetamos y podemos vencer a los espíritus, pues esta lucha no la libramos nosotros. Todo lo contrario, debemos dar gracias a Dios, porque Él se apiadó de nosotros y tuvo la Misericordia de enviar a un hermano en el Señor que nos predicara la Palabra y, que a su vez, venciera en la lucha contra las potestades espirituales que nos sometían. Pero, por desgracia, la posibilidad de caer en el engaño existe, tal y como explica Pablo a los Corintios: "Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis" (2ª de Corintios 11.3-4). Debemos, queridos hermamos/as, poner el filtro del Espíritu Santo en todo lo que escuchemos y leamos, porque puede ser que el Demonio, que es mucho más sabio que nosotros y, además, se conoce las Escrituras como nadie, pueda llevarnos a engaño y sin quererlo, estemos haciendo lo contrario a lo que el Señor quiere de nosotros. Por eso, debemos tener presente la recomendación de Pablo: "Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios;orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Efesios 6.13-18).
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