Cuando el Señor enseñó a orar a sus discípulos, entre otras cosas, nos mandó pedir al Padre "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy" (Mateo 6.11). No se refiere al pan físico, a cubrir nuestras necesidades materiales, ya que el Padre sabe qué cosas nos hacen falta y nos las da por añadidura: "No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas." (Mateo 6.31-33).
Por tanto, el Pan que debemos solicitar a Dios es nuestro sustento espiritual, teniendo cuidado de alimentarnos cada día, de una manera ordenada, tal y como lo hacemos físicamente con nuestro cuerpo. Nuestro espíritu, para permanecer vivo y sano, necesita alimentarse y ejercitarse. ¿Qué le ocurre a una persona si no se mueve y deja de nutrirse?. Se van anquilosando los músculos y paralizando, impidiéndole llevar una vida normal. Tampoco es sano comer en exceso, aportando demasiadas calorías a un cuerpo que no desarrolle tanta energía como para consumirlas: "Comer mucha miel no es bueno" (Proverbios 25.27). La proporción justa es comer tanto como se necesite. Por consiguiente, el pan necesario varía en función de la actividad que se desarrolle.
Traslademos esto mismo a nuestra vida espiritual: Una persona que no trabaje en la obra del Señor, orando, predicando, leyendo, dando gloria y alabanza a Dios, dando buenos consejos y ejemplo a los hermanos, es semejante al glotón que por gula engulle gran cantidad de alimento, el cual se transforma en grasa, que al no ser consumida se va depositando en los tejidos atrofiándolos. Por esto, nos dice la Escritura: "Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros. Porque vosotros mismos sabéis de qué manera debéis imitarnos; pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos derecho, sino por daros nosotros mismos un ejemplo para que nos imitaseis. Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan." (2ª de Tesalonicenses 3.6-12).
Hemos hablado del defecto del movimiento, pero tampoco es bueno el exceso. ¿Qué le ocurre al que, sin estar preparado, un día se revienta a trabajar?. Muy posiblemente caerá enfermo, fatigado, por la desproporción entre el trabajo que quería realizar y su fuerza y capacidad para llevarlo a cabo. "¿Hallaste miel? Come lo que te basta, No sea que hastiado de ella la vomites." (Proverbios 25.16)
Para que nada de esto nos ocurra, debemos observar un orden espiritual en nuestra vida; al igual que nos puede ocurrir a nosotros que tenemos un hogar, una familia y un trabajo, nuestras prioridades están orientadas hacia el cuidado primero del hogar y después de lo laboral. En el Señor ha de ser de la misma manera: para estar en perfecto orden y fortaleza, primero debemos cuidar nuestra relación con el Señor, nuestro Esposo, pues Él necesita, al igual que nosotros, que le demostremos nuestro Amor. Una vez que hemos cultivado ese aspecto, por medio de la alabanza, oración y lectura de la Palabra, entonces podremos irnos a trabajar fuera, es decir, al ministerio que tengamos encomendado.
La carrera en la que estamos inmersos, andando en el Camino del Señor, es de fondo. Dura toda nuestra vida mortal, por tanto, no vence el que más rápido corra, sino el que continúe hasta el fin, tal y como la Palabra dice: "corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante" (Hebreos 12.1), teniendo presente el galardón que espera al ganador: "Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman" (Santiago 1.12). "Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal." (Mateo 6.34)
Pero volvamos al tema del Pan, del alimento que necesita nuestro espíritu para que no desfallezcamos y podamos aguantar la carrera en la que estamos inmersos, como hemos visto. ¿Cuál es el Pan?: "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás." (Juan 6.35). Hemos de alimentarnos de la Palabra de Dios, pues Jesús mismo es el Evangelio. Cualquier otro alimento es indigesto, pues nuestro espíritu, que ya es de Dios por el nacimiento de nuevo, sólo está preparado para recibir este alimento puro. Pero no es sólo la Palabra que se lee o escucha, sino la que se predica, dando testimonio de la Gloria y Misericordia de Dios con nosotros, ya que, no contamina al hombre lo que entra en él, sino lo que sale de su corazón. Nos alimentamos correctamente si sale de nosotros Palabra y Obra de Dios, nos contaminamos si sale de nosotros engaño, palabra y obra de hombre. En este sentido, el Señor, expresó esta cita: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mateo 4.4), pues en el momento que hacemos presente la Palabra de Dios en nosotros, es el mismo Dios el que habla, alimentando tanto al que escucha como al hermano usado por Dios para transmitir su Sabiduría. Por esta misma circunstancia, el mismo Jesucristo dijo: "Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre." (Juan 6.27). Busquemos la Sabiduría de Dios y no nos preocupemos de la del mundo.
En el libro de Proverbios, en concreto en su capítulo 30, versículos 2 al 9, encontramos una plegaria referida al tema que tratamos. Vamos a meditarla:
"Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, Ni tengo entendimiento de hombre. Yo ni aprendí sabiduría, ni conozco la ciencia del Santo. ¿Quién subió al cielo, y descendió?, ¿Quién encerró los vientos en sus puños?, ¿Quién ató las aguas en un paño?, ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra?, ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?."
El autor de estas palabras se considera asimismo como un ignorante, primero en todo conocimiento físico y, sobre todo, en cuanto al estudio de la Palabra de Dios, es decir, que no era ni teólogo ni maestro de la Ley, todo lo contrario, un hombre sencillo. Sin embargo, él reconoce la Fuerza y Dominio de Dios sobre todas las cosas, considerándose, humildemente, muy inferior y su vida sin sentido si no es junto a Él.
"Toda palabra de Dios es limpia; El es escudo a los que en él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, Y seas hallado mentiroso."
Es ahora donde entra en juego la Palabra como único alimento puro del cual debemos comer. Pero, eso sí, debemos mantener su pureza, no añadiendo en nuestra alimentación nada extraño a ella. Eso no quiere decir que la tomemos al pie de la letra, todo lo contrario, lo que debemos hacer es siempre tomar el "filtro" del Espíritu Santo, que habita en nosotros, interpretándola para evitar contaminarnos con doctrinas de falsedad, pues el Señor ya nos dijo, a través de Pablo, que podemos percibir las cuestiones de Dios por medio del Espíritu que habita en nosotros, ya que tenemos la Mente de Cristo (1ª de Corintios 2.13-16).
"Dos cosas te he demandado; No me las niegues antes que muera: Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí"
El autor nos muestra el ejemplo que deberíamos seguir en nuestro actuar en el Camino del Señor: Apartar toda Vanidad en el conocimiento de Dios, pues como bien sabemos, nosotros como meros instrumentos del Espíritu, no tenemos de qué gloriarnos, pues la Sabiduría depende de Dios, no de nuestro conocimiento o capacidad. Respecto a las palabras mentirosas, se refiere a interpretaciones propias de la Palabra que no están inspiradas por Dios. Este es el fundamento de toda Secta; alguien que se considera "elegido", cayendo en el error de creerse superior o más capacitado que los demás, e interpreta la Palabra a su antojo, tentado por Satanás, y por no saber escuchar a los hermanos que le intentan hacer llegar la verdadera interpretación del Espíritu.
"No me des pobreza ni riquezas; Manténme del pan necesario; No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es YHWH? O que siendo pobre, hurte, Y blasfeme el nombre de mi Dios."
Intenta decirnos que pidamos ser dignos de Dios, buenos obreros de su causa, con el alimento necesario, en su justa medida, acorde con nuestra situación particular. Nos advierte que si no mantenemos esta sencilla regla, puede ser que al sobrealimentarnos nos aburramos de Él, apartándonos de Su Camino, como nos puede ocurrir si adquirimos una gran Sabiduría en nuestros primeros años en el Señor y cuando llegue una época de menor revelación, ya no sintamos de la misma manera que antes la presencia de Dios y, poco a poco, vayamos olvidándonos de Él. Pero también puede ocurrirnos el caso contrario, pues si no adquirimos y recordamos los fundamentos básicos de la Fe, es decir, como en la parábola de la casa fundamentada en la roca (Mateo 7.24-29), cuando llega un período de pruebas o no estamos sometidos a ninguna tutela en el Señor y por nuestra poca experiencia somos engañados por Satanás, puede ocurrir que sintamos la tentación de alimentarnos fuera de la Palabra (evangelios apócrifos, proto-evangelios, manuscritos del Mar Muerto....) o de doctrinas religiosas que, aunque teniendo el mismo fin aparentemente, son contrarias a la Palabra, haciéndose por lo tanto engañosas a los ojos de Dios. Debemos tener claro que no podemos acudir a estos libros o doctrinas para encontrar en ellas la Sabiduría de Dios, pues la única fuente fidedigna en la que podemos beber es la Palabra de Dios, las demás pueden hacernos comer y beber del árbol del conocimiento del bien y del mal, sin darnos cuenta. La Palabra está completa y no necesitamos nada más para mantener una alimentación espiritual sana y equilibrada.
Por ello, la única forma de no equivocarnos es acudir directamente a la Palabra de Dios, rogándole al Padre que nos ayude y guíe en Su Conocimiento, para que lo que leamos, lo podamos entender, no por nuestra capacidad y sabiduría propia, sino a través del Espíritu, que para eso mismo nos lo ha enviado Dios: "Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual." (1ª de Corintios 2.12-13).
Como conclusión diría que pidamos a Dios tenerlo siempre presente en nuestra vida, para que así tengamos nuestros miembros engrasados por el Espíritu para saber distinguir lo bueno de lo malo y siempre atentos para cumplir Su Voluntad. Alimentémonos de la Palabra y hagamos buenas las Palabras de Cristo: "Yo soy el Pan de Vida", pues Él es la Palabra Eterna: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios... Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (Juan 1.1 y 14).